LOS PRIMEROS CABALLOS EN MEXICO Y ALGUNOS EQUINOS FAMOSOS

¡DESDE EL SEMIDESIERTO!

 

Por: Profesor José del Carmen Morales Leija.10620230_770213316360620_2751722290131675309_o

´El Negro santo, de Matehuala S.L.P.

 

 

 

Amigos, buenos días, los saludos y buenos deseos desde el Altiplano Potosino, gracias por sus sugerencias y  comentarios sobre estas sencillas publicaciones, hemos compartido algo sobre el mustang, el brumby,  los caballos camargueses, los ponis de Exmoor, Dartmoor y New Forest, ahora lo haremos sobre los primeros caballos en México y los nombres de algunos de los equinos famosos en todo el mundo y en nuestro país, espero les sea de utilidad y como siempre, abierto a sus amables comentarios, sabemos que esto se puede enriquecer con la colaboración de todos ustedes.

Estamos a  3 años de conmemorar  5 siglos de la llegada de los primeros caballos a México ya que Hernán Cortés trajo consigo diecinueve de estos animales, los cuales pisaron tierra mexicana el 21 de abril de 1519.

Los caballos que Cortés trajo han sido considerados erróneamente como los fundadores de la ganadería equina en México, a pesar de haber sido los primeros animales llegados a estas tierras, más fueron usados en la guerra que en la reproducción, además, casi todos murieron en la refriega. Por lo tanto, esos caballos no pudieron ser los generadores de la caballada mexicana, unos porque no eran garañones y otros porque sucumbieron en la lucha.

Esta raza de caballos, lo mismo que los llevados a Perú, provenía de una famosa cría de Córdoba que para esa época ya estaba extinta. Dicha cría se formó durante el Califato de Córdoba por cuatro garañones traídos del Yemen, que fueron cruzados con yeguas nativas españolas.

Algunos caballos han sido nombrados por su calidad, o por algún hecho curioso  del que fueron protagonistas, por ejemplo “El Arriero” caballo que fue de Hernán Cortés, quien hizo creer a los emisarios de Moctezuma que el caballo estaba disgustado con ellos, porque no estaban dispuestos a aceptar por superior y monarca al Rey de España.

Cuando en el curso de sus campañas centroamericanas hubo de dejar su caballo negro El Morzillo en una aldea india, el conquistador español Hernán Cortés pensó en que ya no volvería a verlo como tenía previsto. Escribió en su diario: “El cacique me prometió cuidarlo, pero no sé si lo ha hecho ni qué destino le ha dado”.

Sus dudas estaban justificadas. Los indios que  nunca habían visto un caballo, quedaron fascinados por aquel gran caballo negro y, por tanto, hicieron todo lo posible para que no le faltase nada, pero no tenían la menor idea de la manera de tratarlo.

Le reservaron un lugar en el templo como si fuese un dios y le ofrecieron grandes cantidades de fruta fresca y de carne pero, para su consternación, a pesar de todos sus esfuerzos el caballo murió.

Desesperados, erigieron una enorme estatua sedente del Morzillo, que Cortés podría divisar desde la lejanía si alguna vez volvía.

La proliferación de caballos y otro tipo de ganado llegó a ser tal, que en 1529 fue necesario que cada propietario tuviera su hierro o marca registrada. Los hierros debían ser diferentes unos de otros, lo que nos revela el rápido y fabuloso crecimiento de la ganadería caballar y vacuna en la Nueva España.

Cuando el primer Virrey de la Nueva España, Antonio de Mendoza, hizo entrega del virreinato a Luis de Velasco, ya no eran suficientes los pastos en el valle de México, por lo que hubo que buscar nuevas pasturas en el Valle de Toluca.

Entre los conquistadores hubo experimentados caballistas que conocían y practicaban el juego de cañas, las carreras de cintas y otros ejercicios que a su vez habían heredado de los árabes. A los naturales les era imposible imitarlos porque les estaba prohibido montar a caballo.

Más tarde se fueron eliminando tan severas restricciones, otorgándoles permisos especiales para que algunos nativos pudieran cabalgar. Así, en el siglo XVI, Luis de Velasco, segundo Virrey de la Nueva España, concedió permiso a los caciques montar a caballo con la condición de que usaran sillas mexicanas y en 1619 se autorizó cabalgar a algunos indígenas.

En el año de 1529, cuando el Cabildo de la  ciudad de México dispuso que todos los ganaderos pasaran a registrar sus hierros marcadores, lo hicieron 24 gentes, entre ellos un colegio católico, pues en aquellos tiempos las comunidades religiosas podían poseer bienes.

Algunos de los caballos famosos en México en diferentes épocas, son los que a continuación se nombran:

Uno  llamado “El Motilla”, tan bueno, que a pesar de la lejanía y de la escasa comunicación, su fama llegó hasta el monarca español, e incluso lo manifestó, logrando que el dueño del penco, se lo mandase como regalo.

Un capitán indígena, aliado de los españoles encargado de hacer la pacificación en la región de Querétaro, tuvo un caballo llamado “Valona” de quien se dice que “con solo oír  el clarín se ponía en el aire; en tiempos de guerra, mordidas les daba a los indios chichimecas bárbaros”.

Otro caballo famoso fue “El Chamberín” perteneciente a don Luis G. Inclán, charro y escritor afamado, quien hizo unos versos titulados “Recuerdos del Chamberín”, en ellos narra todas las proezas, gracias y chistes en los que participó su caballo muy querido.

En la actualidad, todos o casi todos los charros conocen las hazañas de aquel famoso animal, debido a lo escrito por don Luis, autor de una obra sin igual titulada “Astucia”, ya clásica en la literatura mexicana, donde cita a otros dos equinos: Tortuguillo y Pisaflores.

El Grano de Oro, de Doroteo Arango, mejor conocido como Francisco Villa.

“Siete leguas”, yegua propiedad de Francisco Villa, que después se la regaló a Don Adolfo de la Huerta, la cual murió de avanzada edad en el mandato del General Lázaro Cárdenas del Río como Presidente de la República.

Cuando Villa entró triunfante a Torreón, su montura consentida, su corcel favorito, motivo de admiración de quienes lo veían era el “Sangrelinda”.

Hacia 1914 nació la leyenda del “Sieteleguas”. No se trataba de un caballo, sino de una yegua, que debía su nombre al hecho de poder recorrer grandes distancias, y que le sacaba ventaja al más ligero de los corceles, Villa llegó a tenerle mucha estimación.

En 1915-16, su caballo favorito fue un soberbio alazán llamado el “Canciller”. Su velocidad e inteligencia permitían al Centauro llegar rápidamente a cualquier parte, por lejana que estuviese.

El “As de Oros”, caballo que montaba el Gral. Emiliano Zapata Salazar el 19 de abril de 1919, día en que fue asesinado a mansalva en la Hacienda de Chinameca, Mor., por una traición del coronel Jesús Guajardo.

La primera cabalgadura que poseyó Emiliano Zapata fue una yegua llamada “La Papaya”, regalo de uno de sus tíos.

En el Estado de San Luis Potosí, en la Asociación Potosina de Charros militó José Castro, mejor conocido como “La Chancaquilla” quien  según se dice es el  padre de la actriz Verónica Castro, tuvo un caballo pinto que filmó varias películas, una de ellas al lado de Luis Aguilar “El Gallo Giro” que se llamó “Un par de sinvergüenzas”, donde el caballo “habla” y es compañero de aventuras del protagonista.

Otro notable caballo actor en el cine mexicano, fue “Cancia” quien acompañó a Pedro Infante (Silvano)  en la película “La Oveja Negra” en el año de 1949, este caballo era propiedad de Manuel Avila Camacho, Presidente de México llamado “El Presidente Caballero”, por el impulso que le dio a la charrería, se dice que en una visita que hizo el presidente argentino Juan Domingo Perón a nuestro país, Avila Camacho le preguntó qué era lo que deseaba como regalo de buena voluntad y que éste de inmediato le respondió: quiero a “Cancia”.

Por hoy es todo mis estimados lectores, como siempre, que el  Supremo Caporal los llene de bendiciones, agradeciéndoles sus amables comentarios para enriquecer estas humildes aportaciones.

 

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