Historia de la montura mexicana

LA SILLA VAQUERA MEXICANA

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FOTO: Montura charra con fuste tipo Zaldívar llevando turma de toro en la cabeza, de cantinas y bastos angulares, enreatados en cuero crudo “de peal”, hermoso herraje amozoqueño, tientos de gamuza de res, arciones rectas, dobles, atadas con tiento y vestida en colores negro y blanco, llevando reata bajo la cantina izquierda y sarape atrás de la teja.

PRIMERA PARTE: algo breve sobre su origen y su historia.

En su preciosa obra titulada “El Libro del Charro Mexicano”, Don Carlos Rincón Gallardo, al referirse a la montura mexicana, dice a la letra:

“La silla vaquera mexicana es hija de la española, y nieta de la árabe”.

Es decir, nuestra montura es herencia de uno de los pueblos con tradición ecuestre más antiguos del mundo, el pueblo árabe, mismo que nos heredó -tal vez sin quererlo – muchísimas cosas más, vía los españoles. Y yo me atrevo a afirmar que ese gran conocimiento ecuestre encontró tierra fértil en lo que ahora es nuestro país, México, y en su gente, los mexicanos, que se han caracterizado por poseer ese ingenio tan peculiar que les ha dado renombre a nivel mundial.

Así pues, resultado del conocimiento árabe, la experiencia española y el ingenio mexicano, resultó nuestra silla vaquera o montura charra, que es como se le conoce actualmente a este apero de lomo.

No se sabe a ciencia cierta quién, dónde o cuándo se pudo haber concebido o manufacturado la primer montura mexicana como tal.

Sólo hay indicios escritos de que los primeros permisos que los peninsulares concedieron a los mestizos e indios de nuestra tierra para montar a caballo allá por el siglo XVII, lo hiciesen éstos en monturas que no fuesen españolas, ni tampoco se les permitía el uso de otro tipo de arreos que eran considerados como propios y exclusivos de los peninsulares.

De ese hecho, surgió no sólo nuestra equitación o rienda charra, sino también todos los arreos y aperos que ahora caracterizan al charro mexicano en el mundo.

Existe una peculiar y controversial historia que versa sobre la forma en que un prestigiado talabartero y comerciante español radicado en La Nueva España -Don Alonso Martínez- exhibía un fuste a las afueras de su establecimiento mercantil; un buen día se percató de que el fuste había desaparecido de su lugar.

Supuso el dicho señor que alguien había hurtado el fuste, pero cuál sería su sorpresa que días después, el fuste “robado” volvió a quedar colocado en el mismo lugar de donde había desaparecido.

Claro está que el fuste en cuestión no era un fuste tal cual como los que ahora conocemos, sin embargo cuenta esta leyenda que quienes “tomaron prestada” la dicha pieza lo hicieron para ver la forma en que estaba elaborada y al mismo tiempo agregar algunas modificaciones que se le hicieron y que resultarían en nuestro fuste mexicano: los borrenes delantero y trasero de la montura española fueron sustituidos por la cabeza y por la teja de nuestro fuste, respectivamente, y que dicho sea de paso tan útiles han resultado para nuestras faenas.

Cierta o no esta leyenda, con el paso de los años se llegó a diferenciar muy bien entre la montura y aperos españoles y la montura y los aperos los mexicanos, algo que ha perdurado hasta nuestros días.

La silla vaquera mexicana es, sin duda, el apero de lomo más versátil que existe en el mundo ecuestre; cierto es que su peso -que puede variar de los 12 o 13 hasta los 20 o 25 kilos- es su principal desventaja respecto a otras monturas, pero pasa este factor a segundo término si se toman en cuenta las enormes ventajas que presenta respecto de sus similares.

En otras palabras: un jinete en montura mexicana puede hacer lo que cualquier otro jinete del mundo, pero no a la inversa.

De aquellas primeras monturas mexicanas del siglo XVII existen poquísimas evidencias, la mayoría de ellas en colecciones particulares o museos y por ende son poco conocidas.

Del siglo XVIII y hasta la primera mitad del XIX existen muchas y hermosas representaciones pictóricas que podemos ver en muchos libros (y ahora también en internet) de jinetes y caballos enjaezados a la usanza mexicana en las que se pueden mirar más a detalle algunos pormenores de las monturas usadas en esas épocas; se pueden ver fustes con cabezas delgadas, con troneras en la teja, el uso de los vaquerillos, las armas de agua, la mexicanísima anquera, etc.

Y de la segunda mitad del siglo XIX a las primeras décadas del S. XX llega para quedarse entre nuestros jinetes mexicanos la montura charra que actualmente conocemos en sus diferentes tipos y estilos, consolidándose su uso hasta principios del S. XXI, pues de estos años en adelante he de decir -en honor a la verdad – que nuestra montura mexicana ha venido sufriendo una serie de modificaciones con influencia norteamericana o “western”, se ha ido agringando para males míos y ajenos, cosa que es muy de reprobarse pues repitiendo lo dicho en los primeros párrafos, nuestra silla vaquera mexicana es la más versátil del mundo ecuestre y no necesita copiarle nada a ninguna otra: su historia lo ha demostrado.

NOTA: Si de primera instancia, amigo lector, no entiende algunos términos como “vaquerillos”, “armas de agua”, “troneras” y demás, no se desanime, pues en próximas publicaciones haré referencia y descripción de cada uno de ellos así como a las partes de la montura y todos los pormenores y detalles que la hacen la más versátil del mundo y que son muy de tomarse en cuenta cuando de ensillar un caballo a la usanza mexicana se trata.

Y para terminar con estas breves líneas sobre el origen y evolución de tan mexicano apero, comparto con ud. un dicho muy charro que a la letra dice:

“A todos presto mi montura, pero a nadie mi caballo”.

¡Saludos cordiales y nos leemos pronto!

Tomado de internet

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