Enrique Morín, el Jinete de Hierro II

Sergio Martín del Campo

4 abril, 2020





Amigos aficionados al arte en el que se funden las baquetas, los ixtles y los metales, le entrego amablemente, ya que la charrería, como la mayoría de las actividades está petrificada, la segunda parte de la biografía de un centauro de bronce: Enrique Morín Guerrero.

Para 1965, ganando circunstancialmente el sitio a su hermano Fidel -otro formidable jinete fuera de cualquier enlistado- es juntado en la selección de la Federación de Charros y entonces fragua una gira imposible de olvidar sobre el mundo viejo: España, Portugal, Holanda, Bélgica, Alemania e Italia.

El conjunto ve como al sortilegio de sus recios y charros cuadros, los cosos taurinos apenas pueden contener con sus columnas las entradas extraordinarias que hacía un público entusiasta y admirado. Especialmente en Portugal la gente sufría catarsis de emociones cuando jineteaban ¡toros de lidia!

En cosos ibéricos tuvo la “oportunidad” de montar astados quemados con la legendaria y negra efigie ganadera de ¡Miura!, dehesa de miedo en cuyos agostaderos se alimentaron toros que dieron cuenta de las vidas de varios coletas importantísimos como Manuel García y Cuesta “El Espartero”, y del mismísimo Manuel Laureano Rodríguez Sánchez “Manolete”, entre otros.

Todo un dato irrepetible para que no se le olvide a la memoria colectiva de los aficionados a la charrería.

El viaje marca, por otro lado, un nuevo paisaje para la historia de la fiesta charra: De mente abierta, educada, ágil y receptiva, Enrique captura en ella la gran idea de las “cubiertas” para proteger los pitones de los toros y evitar así percances graves a los jinetes; En Portugal estos aditamentos tienen un origen técnico: aún hoy día se siguen usando para evitar que los toros provoquen percances graves a los caballos de los rejoneadores.

En ese país lusitano la sociedad “protectora de animales” mantiene una fuerza devastadora que camina muy a corriente contraria a las tradiciones, y en lugar de que los bureles sean despuntados -como sucede en España, México y otros países de América-, se cubren los cuernos con las dichas protecciones de baqueta; una mueca ciertamente burlona le hace el destino, pues en Colima un toro le produce el percance más serio de su trayectoria arriba de los dorsos de los descendientes de “Bos Primigenios”; las para entonces ya conocidas en el ambiente charro como corneras, le quedaron chicas al astado que le tocó en suerte. Para salvarlas de un daño decide no abrirlas, de tan mala fortuna que al centro de su enloquecida orgía de reparos, derrota y le hiere en el ojo izquierdo produciéndole una herida bastante dolorosa, pero que por gracia del Creador no llega al grado de perder tan importante órgano; sí que le deja un soberbio trofeo en su anatomía para toda la vida…

Luego de la exitosa gira europea, se mantiene en la página de la selección de la Federación por 14 años, siendo que cada 12 meses aproximadamente había cambios en dicho selectivo. El último viaje que realizó con ésta fue en las postrimerías de 1975, recorriendo Costa Rica, Jamaica y Venezuela, cuando sentado en la silla presidencial estaba Luis Echeverría Álvarez.

Enrique Morín Guerrero fue preparado, junto con el resto de miembros de la asociación “Hermanos Pedrero”, de una manera absolutamente profesional; Charro único que combinó, para extrañeza de muchos, el ejercicio charrístico y la licenciatura por doble partida -egresado en derecho y relaciones industriales de la Universidad de Guanajuato, a más de tres horas de gimnasio diarias-. En las hondas e intensas sesiones de entrenamiento, La Hacienda de La Cantera era el campo de concentración, y se sumergían en una especie de retiros religiosos; como el monje que se entrega a su culto, como el sultán a su harem, como el escritor al tintero, como el califa a su califato, como el poeta a su musa…

Eran modelados, y posteriormente moldeados en casi perfecto equilibrio físico y mental bajo la batuta de un “general”, ingeniero Gustavo Pedrero. La resonancia y prueba de lo escrito son varios campeonatos nacionales que ganaron por equipos -cuatro- y algunos en el peldaño de lo individual.

El promedio arrojado por tal conjunto, según estudio matemático hecho por profesionales, arrojó una resulta de 9.2…

Había visto la vida una escuela nueva de charrería, original, aguda y carismática. Las faenas tenían ya mejor fondo técnico.

El asunto estadístico de Enrique Morín merece ser tratado en especial hoja. Según el análisis de su existencia charra, pudo haber llegado a jinetear la extravagante cantidad de 10 mil toros aproximadamente, ya que solamente de entrenamiento dos meses antes de cada Congreso, jineteaba más de 300 toros; en EUA, país en donde quizá mejor estructura organizacional tenga el rodeo, dentro del cual resaltan popularmente las jineteadas de toros, el vaquero que más cantidad de jineteadas registra es Larry Majan, 4000… es decir, cantidad bárbara, pero muy inferior a la que Enrique Morín dio vida.

Luego de una trayectoria francamente elevada, se retira de las competencias oficiales el año 2000 en el lienzo de San Luis de la Paz.

Enrique Morín Guerrero no tiene descanso; todavía para el 2009 estaba impreso sobre papeles cobijados con las maderas de su escritorio, un proyecto formidable titulado “Academia de Charrería”, en el que se contemplan conceptos realmente de profundidades y con el que se involucran asuntos tan importantes como el honor, el deporte, la historia, la lealtad, la identidad y hasta la moral, entre otros. (De mi obra inédita “Hasta la mota, la enciclopedia de la charrería explícita).

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