Gángsters contra charros

Por:   Óscar G. Chávez / PULSO-Septiembre 18, 2021

En el mes de abril de 1948 fue estrenada en el Distrito Federal (hoy Ciudad de México), la película “Gángsters contra charros”, del cineasta gallego avecindado en México, Juan Orol. Filmada en 1947, había sido precedida por El reino de los gángsters, en la que el propio Orol encarna y populariza al mafioso Johnny Carmenta.

Como secuela de ésta última, “Gángsters contra charros” narra la llegada de Carmenta a un pueblo dominado por el Charro de arrabal Pancho Domínguez, con el que entrará en disputa (en conjunto con sus respectivos bandos) por los amores de Rosa, esposa del charro.

La película, hoy considerada como una de las joyas del cine mexicano de la época de oro, aunque se centra en una trama de acción y suspenso, puede ser vinculada sin mayor problema con el cine surrealista característico de Luis Buñuel. La mezcla no debería sorprendernos si consideramos que apenas nueve años antes André Breton señaló a México como el país más surrealista; es decir, el absurdo real rebasa por completo lo imaginario y lo onírico. 

Más allá del argumento hay un detalle que de forma particular llama la atención, la figura del charro como elemento característico de los mexicanos. Entremos en materia teleológica: pretender que el traje de charro es un elemento inmanente a lo mexicano, es un sinsentido; puede ser, efectivamente, un distintivo; sin embargo, vincularlo por completo no tiene razón de ser. 

Charro, ateniéndonos a lo sencillo, podría ser utilizado indistintamente como sinónimo de rústico, tosco, o de mal gusto; todavía es común escuchar el comentario despectivo “qué  gusto tan charro”. Así, sin mucho rebuscamiento, el charro sería el trabajador de campo especializado en las faenas de ganadería; caporales y vaqueros, como se les llama de forma común. 

Durante el efímero imperio de Maximiliano, en un intento por crear un traje de gala que caracterice a los aristócratas hacendados mexicanos de su corte, y acorde a sus fijaciones suntuarias por crear uniformes y condecoraciones, Carlos Rincón Gallardo y Romero de Terreros, duque de Regla y Marqués de Guadalupe, le presenta un traje de faena campirana embellecido notablemente, y guarnecido con botonaduras de plata. El emperador quedó deslumbrado por el traje que decidió portarlo en diversas ocasiones. 

Así, tenemos que el traje característico de los mexicanos, tan resaltado en las festividades patrias de 16 de septiembre y 20 de noviembre, es un artificio creado para el deleite de un emperador europeo. No sólo eso, y aunque se diga lo contrario, por sus propias características y elementos, es una vestimenta suntuaria vinculada con la adinerada aristocracia decimonónica. ¿Es pues un traje del pueblo? 

El traje tuvo su impacto, eso no está en discusión, de tal suerte que durante la república restaurada y el porfiriato, se convirtió en indumentaria de algunos destacamentos de guardias rurales, y así se les vio desfilar en diversas ocasiones. Es decir, uno de los violentos brazos represores del estado mexicano, como lo fueron estos cuerpos, se vio identificado con la referida indumentaria. 

Al día de hoy, la charrería (considerada deporte nacional), sigue siendo una actividad elitista que podría ser equiparada al polo. No es gratuito que todos miembros del equipo de polo que representó a México en los Juegos Olímpicos de 1900, realizados en París, practicaran la charrería.  

En los últimos días han aparecido imágenes y videos que muestran al gobernador electo José Ricardo Gallardo, posar con traje de charro, y presumir algunos de los caballos de su cuadra. La cuestión es simple: por un lado busca vincularse al pueblo, regodeándose de implementar medidas que contribuirán a aligerar cargas recaudatorias a la ciudadanía, pero por el otro –dados sus obscuros orígenes– busca mostrarse ante las élites del gran tunal, como un personaje que tiene y puede, haciendo suya la máxima de Jorge Pasquel: “no me costó más trabajo que pagarlo”. 

Entendamos que no me refiero a los votos en el pasado proceso electoral, sino a sus abundantes bienes, que le permiten competir con los que más tienen, o hacerles ver que en Soledad también hace aire. Si no se muestran, no se tienen.

Este comportamiento no es cosa nueva en el junior Gallardo, continúa con la misma argumentación de blanqueamiento y ascendencia social que dejó narradas en el libro Pigmalión: bisabuelos españoles, despojados por la canalla revolucionaria; un (ficticio) pasado de esplendor que se suma a muchos otros relatos que diario escuchamos esbozar a los “tuvos” potosinos. No lo olvidemos, en todas las familias ocurre: “unas tienden a subir, y otras suben a tender.”    

 A propósito de videos, de libros y de Gallardo; en alguno de los videos que circulan en sus redes sociales, aparece el gobernador electo en un despacho, tiene como fondo decorativo la Historia de México, de Niceto de Zamacois. Tres tomos (de veinte) de esta obra, refiere orgulloso, ya los ha leído; a muchos desde luego nos gustaría saber cuáles, para que en una charla de café nos invitara a intercambiar opiniones sobre ellos y su autor. 

Por cierto, si recurrimos al lenguaje utilizado en la jerga política del siglo pasado, recordaremos que en los últimos años del sexenio alemanista, el término charrismo estuvo vinculado al régimen priísta. Hoy los charros son desbancados, como en película de Orol, por los gánsteres. 

De ahí que (al menos en el entorno potosino) nuca haya estado mejor empleada la cuarteta que utilizó el crítico de cine Flaco Cachubi en una reseña que hace a la película referida: “Si quieren ser como Orol,/ sólo deben ser maletas, un título original…/ sería chakas contra zetas.”  San Luis Potosí, surrealismo a la carta.       

Gracias por la lectura. Cuídense del coronavirus y consuman lo que sobró de las fiestas patrias; siempre se está a tiempo.

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