Vicente Fernández: El último charro cantante

 

*Por Alfonso Cadalzo Ruiz

México despertó el domingo 12 de diciembre de 2021 con una noticia triste. A las seis y quince de la mañana dejaba de existir Vicente Fernández, el último grande de la canción ranchera. Considerado leyenda de la música mexicana, el también llamado “Charro de Huentitán”, cautivógeneraciones enteras con una voz genuina que perpetuó éxitos como Por tu maldito amor, de Federico Méndez, y Acá entre nos, de Martín Urieta.

El deceso de este artista cierra un capítulo que abarcó casi todo un siglo. Con él finaliza la época de los grandes intérpretes de la música regional en México, periodo iniciado por Tito Guízar en la década del 30 del siglo XX y continuado por Pedro Infante, Jorge Negrete, Javier Solís y José Alfredo Jiménez, de cuya tradición Vicente Fernández fue heredero. Las interpretaciones plasmadas en aquellos discos son muestras emblemáticas de un repertorio que pertenece a toda Latinoamericana.

Con Vicente Fernández concluyó una época y hasta el momento no existe artista capaz de llenar su vacío. Poseyó una voz y estilo propio de interpretación tan versátil, que le granjeó un repertorio abarcador, incluso, de modalidades del bolero con acompañamiento de mariachi, orquesta y banda. Más de trescientas canciones grabadas, sesenta y cinco millones de álbumes vendidos, veinticinco años de quehacer cinematográfico, el otorgamiento de tres premios Grammy y ocho Grammy Latinos, dan fe de su exitosa carrera.

Vicente Fernández Gómez nació en cuna humilde en la localidad jalisciense de Huentitán el Alto, el 17 de febrero de 1940. Su padre soñaba con tener un rancho ganadero, pero solo pudo adquirir unas pocas reses que cuidaba en un establo sencillo. A la edad de siete años, fue llevado por su padre a una presentación pública de Pedro Infante que tuvo lugar en la Plaza de Toros El Progreso, de Guadalajara. Eran sus tiempos de niñez cuando ya admiraba al “Carpintero del Guamúchil” y añoraba llegar a ser como él.

Al terminar la instrucción primaria no quiso seguir estudiando y empezó a desempeñarse en oficios humildes, labores insuficientes para el sostenimiento hogareño, hasta que emigró a Tijuana, Baja California, en busca de mejores oportunidades. Allá trabajó como albañil, pintor y ebanista. A mediados de la década del sesenta emigró a Ciudad de México, donde cantaba en restaurantes, centros nocturnos y fiestas particulares.

Aquella fue una época muy difícil para él y su familia, ya recién casado. De aquellos años tan difíciles, “Chente” recordó siempre al intérprete y compositor Felipe Arriaga, quien como director del Mariachi Aguilar, lo invitó a formar parte del grupo como primera voz. Entre ellos se consolidó una gran amistad a la que en todo momento correspondió agradecido el futuro “Charro de Huentitán”.

Aunque nunca llegó a tratarlo de modo personal, admiró mucho a Javier Solís, a quien vio cantar en dos ocasiones en el teatro Blanquita, de Ciudad México. Al saber de su muerte en abril de 1966 lo lloró como todo México; la música mexicana perdía a quien había sido, hasta entonces, su único ídolo.

Una semana después, el compositor Felipe Valdés Leal se comunicó con él para contratarlo. Las compañías disqueras que antes lo habían rechazado, empezaron a llamarlo y desde aquel momento, con su estilo de charro, se convirtió en el sucesor del “Rey del Bolero Ranchero” y de todos los íconos anteriores de la música vernácula en México. A su condición de intérprete sumó la de compositor, con piezas como su canción ranchera titulada Las llaves de mi alma, uno de sus más resonantes éxitos.

A Vicente Fernández le sobreviven su viuda, la señora María del Refugio Abarca Villaseñor; sus hijos (una mujer y tres hombres); nueve nietos y cinco bisnietos. En todo momento manifestó orgullo y cariño por su familia, con la que compartía a gusto en su rancho Los Potrillos, de Guadalajara.

Su presencia fue una constante en radio y televisión; llegó al cine como intérprete y actor para diseminar su arte con mayor fuerza por todo el mundo. A pesar de tanta gloria en los medios masivos de difusión, concedía importancia a los espectáculos públicos, cuyos espacios se abarrotaban de fans. Le apasionaba experimentar el cariño de quienes lo admiraban, para interactuar con ellos como si hubiesen sido viejos amigos.

A propósito de tanta ovación popular, era costumbre suya decir en los escenarios: “Mientras que ustedes no dejen de aplaudir, yo no dejo de cantar”. Ahora que Vicente Fernández Gómez ha partido a la eternidad, sus canciones seguirán perdurando; muchas palmas se agitarán en un incesante aplauso para que jamás se extingan su voz y su recuerdo.

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