‘Volver’, una reconstrucción del Charro de Huentitán

By MIXAR LÓPEZ

TRIBUNE NEWS SERVICE 

DEC 20, 2021 

“Yo se bien que estoy afuera / pero el día que yo me muera / sé que tendrás que llorar”.

—José Alfredo Jiménez, ‘El Rey’

Fue en 1963, cuando Alberto González Cruz —quien descubrió artísticamente a Javier Solís— le dio su primera oportunidad para cantar a un joven que vendía cántaros de leche que se ordeñaban en la granja de su padre. Fue así como este cantante incipiente se une a las filas del Mariachi Alteño, de González Cruz. Ese lechero llevaba por nombre Vicente Fernández, quien a sus 20 años llegaba en su triciclo para vender y cantar canciones norteñas a sus clientes. Como era de esperar, Vicente Fernández no tardó en posicionarse a la cabeza del mariachi, ya que tanto en su pueblo natal, Huentitán El Alto, como en su ciudad de procedencia, Guadalajara, había ya un gran furor por aquella efervescente voz de tenor. Es justo ahí donde empieza a ser reconocido, ya con el traje de gala de charro —el mayor atuendo que puede portar un mexicano de cara al regocijo. Fernández destacaba por su voz, al grado de recibir generosas propinas por parte del público.

Con el tiempo y el fogueo con mariachis en bares y cantinas, Vicente comenzó a buscar clientes en la Plaza de los Mariachis de Guadalajara, en donde ahora se erige una estatua suya. Cantaba más por las gratificaciones que por la fama. En un inicio le daba vergüenza interpretar, pero con el tiempo le fue tomando aprecio a la cantilena y la charrería.

Se sabe que Vicente Fernández abandonó los estudios y se dedicó a la vida rural a los 12 años, cuando dejó la primaria para trabajar en el campo al lado de su padre. Durante su adolescencia, su familia se reubicó en Tijuana, en donde “Chente” se ofrendó a la venta de botas vaqueras. De ahí aprendería los modales del norte de México, como narra la periodista argentina Olga Wornat en la biografía no autorizada “El último rey” (2021) de Vicente Fernández, en donde también se ve reflejada la década de oro de la música popular y la de hombres y mujeres que caminaron por el barro y llegaron a la cumbre.

Haría sus pinitos en el cine en 1972, de la mano del director Alejandro Galindo —a quien recordamos por dirigir películas como “La edad de la tentación” (1959), “Espaldas mojadas” (1955) y “Las infieles” (1953)— en la cinta “Tacos al carbón”, en el papel de Constancio Rojas “El Champi”, al lado de una guapísima Ana Martín (Lupita); trabajo que le valdría el pulso para cintas como “Entre monjas anda el Diablo” (1973), “Tu camino y el mío” (1973), “Uno y medio contra el mundo” (1973) y “El hijo del pueblo” (1974), que lo posicionaría como el nuevo charro cantor y gandalla del cine mexicano, debido a que este medio se encontraba en crisis por la pérdida de sus estrellas de oro y sus directores sentimentalistas. Este posicionamiento en un nuevo cine mexicano, hecho a base de retazos histriónicos que dejaría el cine dorado, le permitiría a Vicente Fernández filmar 37 cintas en 20 años, siendo la última en 1991 al lado de su hijo Alejandro Fernández, en “Mi querido viejo”.

Aquellas películas reflejaban bien los oficios en los que el cantante mexicano tuvo que desarrollarse antes de ingresar al salón de la fama de la música ranchera: lavacoches, mesero, lavaplatos y de baños, bolero, albañil, lechero y hasta como cavador de fosas. Por esta razón, Fernández actuaba con tal naturalidad y seguridad frente a la cámara.

Erich Fromm decía que todos los mitos y todos los sueños tienen algo en común, y es que todos ellos están inscritos en el mismo idioma: el lenguaje simbólico. Algo hay de cierto en ello, porque en Vicente Fernández se encuentra la materia subjetiva del mexicano. Una simbología y un pensamiento que nos atina en el corazón, justo detrás de la herida que llevamos cargando desde hace tiempo. La pérdida y la resiliencia: la que se fue y el juguete nuevo.

No existe otro artista que haya representada a la perfección el alma de los palenques, y quien durante su carrera logró vender más de 65 millones de discos, con producciones como “El hombre sin precio” (1968), “El hijo del Pueblo” (1975), “Hoy platiqué con mi gallo” (1986), “Personalidad” (1992) y, el más reciente, “Hoy” (2013).Cuando José Alfredo Jiménez falleció a principios de los 70, el gran Vicente Fernández tomó el relevo para vivificar el género ranchero y evitar un declive. Canciones como “Volver, volver” (1972) hicieron de él un ídolo y una referencia indiscutible.

Se dice que los charros siempre le han cantado al “gran desencanto de la vida”, empero, no siempre ha sido así en la música. La exaltación adámica de Pedro Infante, la alegría desaforada de Luis Aguilar, la pasión de Jorge Negrete por la soledad integradora del amor, en que “se está solo con todo lo que se ama” o “amor con amor se paga”, no son expresiones de desaliento sino de coraje y vitalidad.

Vicente Fernández también alienta esa inquietud interior que patentiza el poder vital para transmitir por medio de la voz el poder del alma frente a la situación. Por lo demás, es difícil encontrar ante esta voz —en la expresión clásica de la música ranchera— ese sentimiento de fracaso y de angustia que hoy caracteriza a los charros, ese desencanto por la conformación de lo poético y el destino temporal del hombre.

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