Cuadra La Lobateña, más que una escuela de charrería

lunes, 13 de junio de 2022

CUQUIS HERNÁNDEZ

NTRZACATECAS COM

VALPARAÍSO. La disciplina, hacer trabajo en equipo, estar a tiempo, y sobre todo, aprender el arte de la charrería, conocido como deporte nacional por excelencia, es lo que a Ricardo Abelardo Escamilla Pitones llevó a abrir su Cuadra La Lobateña.

El proyecto, quizá el de mayor impacto que generó el Programa Municipal para la Prevención del Delito y la Violencia que impulsa el ayuntamiento, se desarrolla en Lobatos, con el objetivo de abatir los índices de inseguridad y mejorar la paz social.

El proyecto es, hasta ahora, el que más expectativa de crecimiento tiene a pocas semanas de ponerse en marcha.

Escamilla Pitones, mejor conocido como el nieto de Juan Pitones, comenzó su cuadra con solo cuatro niños que pronto fueron ocho, luego 18, en seguida 22, luego 30 y actualmente alrededor de 50, no solo de Lobatos, sino localidades vecinas como La Boquilla, Morelos y San Mateo.

De hecho, las mismas mamás se quedan a observar y colaborar en caso de requerirse, pues se realizan labores del rancho y el del Lienzo Charro, donde no solo se aprende a dominar las nueve suertes, sino a cuidar de un caballo, alimentarlo, darle agua y mantener la limpieza.

Ricardo Escamilla, coordinador de La Lobateña, exige dos requisitos primordiales para recibir a los niños en su escuela: respeto y disciplina, que conlleva llegar puntual a la hora de entrada; usar uniforme, que en este caso es pantalón de mezclilla, camisa y sombrero; pasar lista y comprometerse a todas las labores que antes de ser unos buenos charros deben conocer; además de toda la disponibilidad de aprender además de paciencia.

Todos iguales

Aunque Ricardo reconoce que su técnica de aprendizaje es estricta, ya que para él es importante que los niños aprendan a recuperar los valores perdidos, considera que el proceso les servirá como una lección de vida en todos los aspectos.

Ello, lo constata con las mamás, quienes le expresan que al dar una orden a sus hijos en casa, atienden al primer llamado, cuando antes eran respondones o no hacían caso.

“Uno de los lemas principales en la formación es que para mí, todos somos iguales”, y eso lo estableció de tal manera que los niños deben saber que no hay personas ni más ricas ni más pobres, sino que sea cual sea su estatus económico, todos valen lo mismo, y por tanto, merecen el mismo respeto.

Ricardo se aventuró a abrir una escuela en forma, con el establecimiento de un horario, pase de lista, exigir uniforme y toda la disponibilidad de aprender, con el respaldo que le da su esposa Liliana Leos, enfermera de profesión, y quien no dudó en dejar su trabajo por enseñar a los niños a ser personas de bien y productivos.

Abelardo expresó que la situación que se vive en Valparaíso, pero que se extiende a Zacatecas y al país sobre la inseguridad, no es algo tan sencillo de contener, por lo que dijo gustoso que decidió participar en el proyecto de prevención que le propuso una regidora del ayuntamiento, para sacar a los niños y adolescentes de ese entorno.

Aunque las clases son gratuitas, ya que la mayoría de los niños no podrían pagar una cuota de 250 pesos, abrir su cuadra permitió que él cumpliera un sueño de niño: tener su propia escuela y enseñar a las nuevas generaciones lo que es la charrería, de la que es orgullo portar un sombrero a donde quiera que un mexicano vaya.

Escuela de monta y charrería

Hasta ahora, las edades no son una excusa para que un niño aprenda el arte de la charrería y mantenerla viva.

La familia Escamilla Leos atiende a niños de 4 hasta los 17 años, y la enseñanza no se mide por la edad, sino por sus aptitudes, que es como Ricardo cataloga a sus grupos de trabajo.

Sin embargo, y aplicando su lema de igualdad, quienes van más avanzados deben esperar a que sus compañeros aprendan para que suban al siguiente nivel.

Al tener el respaldo de su esposa Liliana, es ella quien se encarga de los más chiquitos, mientras él se encarga de los mayores. Liliana es la responsable de buscar materiales en Internet y de mantener las listas de asistencia en la computadora.

Al iniciar, obligadamente los alumnos deben montar un burrito de madera para aprender las técnicas de monta, pues solo así escalarán hasta montar un caballo.

Al igual, para aprender a lazar, los niños se divierten jugando a lazar una chiva; si lo hacen en equipo, es mejor.

“Un caballo es de imponer, por tanto, un buen jinete debe forjarse con gallardía, montando con la espalda erguida y usando su camisa a cuadros, su sombrero y botas”.

Los niños en esta etapa ya saben las partes de la montura, del frente, cómo poner protectores, preparar a los caballos para la monta y el cuidado básico de alimentación agua y limpieza y cepillarlos antes y después de la montura.

Algo primordial es mantener las caballerizas limpias, a fin de que estén libres de basura o residuos que pueda lastimar los animales.

Esto no sólo aplica en la escuela, sino que la supervisión llega a sus casas, para que los niños vayan aplicando lo aprendido, pues es parte de su valoración; él así aprendió de su abuelo Juan y de la señora Estela Muñoz, expresó Ricardo.

“Es una satisfacción muy grande ver que el tiempo y el empeño que damos a los niños está rindiendo frutos, que estar de 4 a 9 de la noche, de lunes a sábado ha valido hasta ahora la pena”.

Felices

A decir de los niños, la disciplina con la que aprenden es lo de menos: “para ellos lo más importante es conocer cómo pueden ser unos buenos charros”.

“Sí me gusta mucho”, enfatizó Juan Carlos de 13 años, quien es uno de los alumnos avanzados de la cuadra.

Dijo que lo que más disfruta es saber cómo montar bien a caballo e ir bien sentado, así como las partes de las monturas y de los frenos, “y darle galope a la mano, hacer el paso de la muerte y todo eso, es algo que me emociona y me gusta mucho”.

Víctor, de 12 años, sabe que la disciplina conlleva a aprender: “de las clases también me gusta mucho los grandes amigos que estoy haciendo y montar bien. La disciplina, sí, pero montamos bien, aprender a que nos fajemos bien (los pantalones), estar (montar) derechos y evitar que se afloje la montura”.

Cristopher de 9 años también se interesa en dar su versión: le gusta esto de la charrería, “me anda enseñando Ricardo, también me anda enseñando a hacer el paso (de la muerte), ensillar, no ir jorobados, poner bien las espuelas, echar de comer a los caballos”.

Ante la carga de trabajo que no se imaginaron que tendrían tanto Ricardo como Liliana, reconocieron que, al no ser más los responsables de la enseñanza, se apoyan de los alumnos más avanzados.

El trabajo del día comienza en el corral, para luego irse todos al Lienzo Charro, formados del más grande al más pequeño, a aprender las artes de las nueve suertes.

Para apoyarse económicamente, los Escamilla Leos comenzaron a vender dulces y con el dinero que ganaban al inicio, conseguían los materiales requeridos.

“Aquí los niños aprenden porque aprenden”, expresó Ricardo, al garantizar que, además, todo está bien aprendido, ya que su idea es, cuando todos avancen, conformar una asociación infantil de equipo charro y con las mujeres, otro equipo más de escaramuzas.

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